Las Muertes concentricas

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Suspiró. La cosa que había frente a él era Big Ivan. Big Ivan el gigante, el hombre sin nervios, el hombre de hierro, el cosaco convertido en pirata, insensible como un buey, con un sistema nervioso tan pobre que el dolor de un hombre normal era, para él, casi una cosquilla. Bueno, no hay como estos indios mulatos para encontrar los nervios de Big Ivan y llegar hasta las raíces de su alma estremecida. Y lo estaban haciendo. Era inconcebible que un hombre sufriera tanto y siguiera viviendo. Big Ivan estaba pagando por la pobreza de sus nervios. Ya había durado el doble que cualquiera de los otros. Subiénkov sintió que ya no podía aguantar los tormentos del cosaco. ¿Por qué no se moría Ivan? Si no cesaban esos gritos, iba a volverse loco. Pero cuando cesaran, llegaría su turno. Y ahí estaba Yakaga esperándolo, sonriendo burlonamente a la expectativa, Yakaga a quien en la semana pasada había arrojado del fuerte y cuyo rostro había cruzado con el rebenque de los perros. Yakaga se encargaría de él. Yakaga le reservaba, sin duda, tormentos más exquisitos. ¡Ah! Ésa debe haber sido una buena, por el modo de gritar de Ivan. Las mujeres inclinadas sobre él retrocedieron riendo y aplaudiendo. Subiénkov vio la cosa monstruosa que habían hecho y empezó a reír histéricamente. Los indios lo miraban asombrados de que pudiera reír. Pero Subiénkov no podía parar.



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