Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas No había habido medio de escapar. Desde el principio, desde que soñó el ardiente sueño de la independencia de Polonia, había sido un fantoche en manos de la fatalidad. Desde el principio, en Varsovia, en San Petersburgo, en las minas de Siberia, en Kamchatka, en los barcos desvencijados de los ladrones de pieles, el destino lo había empujado a este fin. Sin duda en los cimientos del mundo estaba grabado este fin para él —para él, tan fino y sensible, con nervios a flor de piel, para él, un soñador, un poeta y un artista—. Antes de su nacimiento, ya estaba escrito que ese trémulo haz sensitivo que era su yo viviría entre salvajes y perecería en esta remota tierra nocturna, en este lugar de sombra más allá de los últimos límites del mundo.