Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Pero siempre la barbarie lo había cercado. Pasando de barco en barco, y rehusando siempre volver, llegó al barco que exploraba el sur. A lo largo de toda la costa de Alaska sólo habían encontrado tribus salvajes. Cada vez que anclaban entre las islas o bajo arrecifes escarpados de tierra firme tuvieron una batalla o una tormenta. O soplaba el vendaval, amenazando ruina, o se acercaban las canoas guerreras, tripuladas por nativos con la bélica pintura en la cara, que venían a aprender las sangrientas virtudes de la pólvora de los vagabundos del mar.
Al sur fueron costeando, hacia la fabulosa California. Ahí, se decía, había aventureros españoles que se habían abierto camino desde México. Había confiado en esos aventureros españoles. Llegando a ellos, el resto hubiera sido fácil —un año o dos, ¿qué importaba uno más o menos?— y llegaría a México, luego a un barco, y Europa sería suya. Pero no habían encontrado españoles. Sólo encontraron el mismo inexpugnable muro de barbarie. Los habitantes de los confines del mundo, pintados para la guerra, los habían rechazado de sus costas. Al fin, cuando un barco quedó aislado y todos sus hombres muertos, el comandante había abandonado la busca y puesto la proa al norte.