Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Pasaron los años. Había servido a las órdenes de Tebénkoff cuando se levantó el Reducto Michaelovski. Había pasado dos años en el país de Kuskokwin. Dos veranos, en el mes de junio, había llegado al estrecho de Kotzebue. Ahí, en esa época, las tribus se reunían para traficar, encontraban manchadas pieles de ciervo de Siberia, marfil de las Diomedes, pieles de morsa de las costas árticas, extrañas lámparas de piedra, que habían pasado de tribu a tribu, y cuyo origen se ignoraba y, una vez, un cuchillo de caza de fabricación inglesa; y ésa, Subiénkov lo sabía, era la mejor escuela de geografía. Pues ahí encontró esquimales de Norton Sound, de King Island y de la isla Saint Lawrence, del Cabo Prince of Wales, y de Point Barrow. Esos lugares tenían otros nombres, y sus distancias se medían en días.
Estos salvajes eran oriundos de una vasta región y de otra aún más vasta, de donde procedían tras muchos canjes las lámparas de piedra y aquel cuchillo solitario de acero. Subiénkov amenazaba, adulaba y sobornaba. Cada miembro de tribu desconocida fue traído a su presencia. Hablaban de peligros infinitos e increíbles, como también de animales feroces, de tribus hostiles, de selvas impenetrables y de cordilleras tremendas; pero siempre de más lejos venía el rumor y la noticia de hombres de piel blanca, de ojos azules y pelo rubio, que peleaban como demonios y que buscaban pieles.