Los mejores cuentos de Jack London

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El corazón empezaba a latir con fuerza, la cabeza se hinchaba, y entonces sobrevenía la erupción escarlata, extendiéndose como una granizada sobre la piel. Muchas personas no notaban el aumento de la cabeza ni las palpitaciones, y lo primero de que se daban cuenta era de la erupción. Normalmente sufrían convulsiones en el momento de su aparición, aunque estas convulsiones no duraban mucho, ni eran muy fuertes. Si uno sobrevivía a ellas, se quedaba perfectamente tranquilo y solo sentía un envaramiento en todo el cuerpo, empezando por los pies. Se agarrotaban primero los talones, luego las piernas, y cuando llegaba a la altura del corazón, sobrevenía la muerte. Los afectados no dormían ni deliraban, pues permanecían lúcidos y tranquilos hasta que el corazón se entorpecía, se paraba y sobrevenía la muerte. Otra cosa extraña era la rapidez con que se descomponían los cadáveres. Apenas moría una persona, ya el cuerpo parecía deshacerse, como si se disolviese mientras se le estaba mirando. Esa era una de las causas de que la peste se propagara con tanta rapidez. Todos estos billones de gérmenes de un cadáver quedaban inmediatamente en libertad para atacar a otras personas.





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