Martin Eden
Martin Eden Cerró el libro con el dedo índice entre sus páginas y se dio la vuelta emocionado, no por la presencia de la joven, sino por las palabras de su hermano. Aquel cuerpo musculoso escondía una masa de vibrante sensibilidad. Bastaba la más pequeña conmoción del mundo exterior sobre su conciencia para que sus pensamientos, simpatías y emociones se inflamaran. Era extraordinariamente receptivo e impresionable, y su desbordante imaginación no dejaba nunca de establecer comparaciones. «Señor Eden», eso era lo que le había conmovido; toda la vida le habían llamado «Eden», o «Martin Eden», o «Martin» a secas. ¡Señor! Qué bien sonaba, pensó. Su cerebro pareció convertirse de repente en una inmensa cámara oscura, y vio ante él un rosario interminable de episodios de su vida, entre salas de calderas y castillos de proa, campamentos y playas, cárceles y garitos de borrachos, hospitales y callejuelas de los barrios bajos, que acudieron a su pensamiento por el modo en que en esas situaciones se habían dirigido a él.