Martin Eden

Martin Eden

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Mientras su amigo leía la carta, vio los libros sobre la mesa. En sus ojos brilló la misma avidez que en los de un hombre hambriento ante la comida. Una impetuosa zancada, acompañada del balanceo de sus hombros, le llevó hasta la mesa, donde empezó a tocar los libros con cariño. Miró los títulos y los autores, leyó algunos fragmentos, acariciando los volúmenes con los ojos y con las manos, y sólo reconoció uno que ya hubiera leído. Los demás escritores y las demás obras le resultaban desconocidos. Escogió al azar un libro de Swinburne y se sumergió en su lectura, olvidando dónde se encontraba, con expresión radiante. Cerró dos veces el volumen, con el dedo índice entre sus páginas, para mirar el nombre del autor. ¡Swinburne! Recordaría ese nombre. Aquel individuo tenía ojos, y no hay duda de que había contemplado con ellos el color y la luz más resplandeciente. Pero ¿quién era Swinburne? ¿Habría muerto cien años antes como casi todos los poetas? ¿O seguiría vivo y escribiendo? Volvió a la portada… sí, tenía otros libros; bueno, lo primero que haría al día siguiente sería ir a la biblioteca pública y tratar de conseguir algo suyo. Se enfrascó nuevamente en el texto. No se dio cuenta de que una joven había entrado en la habitación. De pronto oyó decir a Arthur:

—Ruth, te presento al señor Eden.


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