Martin Eden
Martin Eden Un óleo llamó poderosamente su atención: un fuerte oleaje azotaba con violencia las rocas; nubes amenazadoras cubrÃan el cielo; y, más allá de la lÃnea de las olas, una goleta —ciñendo a rabiar, tan escorada que podÃan verse todos los detalles de su cubierta— se recortaba sobre el cielo tormentoso del crepúsculo. Era un cuadro precioso, y se sintió fascinado por él. Olvidó su andar desmañado y se acercó a dos pasos. La belleza de la obra se desvaneció. El semblante del joven reflejó su perplejidad. Contempló lo que parecÃan unas torpes pinceladas, luego se alejó. El lienzo recuperó al instante toda su belleza. «Tiene truco», pensó desechándolo, aunque el aluvión de impresiones que estaba recibiendo no le impidió sentir una punzada de indignación al ver tanta belleza sacrificada en aras de un juego. No sabÃa nada de pintura. HabÃa crecido entre cromos y litografÃas siempre nÃtidos, de cerca y de lejos. Es cierto que habÃa visto óleos en los escaparates de las tiendas, pero el cristal habÃa impedido que su mirada curiosa se acercara demasiado.