Martin Eden

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Arthur se acercó a la mesa, abrió el sobre y empezó a leer, dándole tiempo para que se recuperara. El joven reparó en ello y se lo agradeció. Tenía el don de la comprensión; y, tras su aspecto asustado, esa facultad seguía intacta. Se enjugó la frente y miró a su alrededor con rostro sereno, aunque sus ojos tuvieran la expresión de un animal salvaje que temiera caer en una trampa. Cuanto le rodeaba era desconocido, le intimidaba lo que pudiera ocurrir, ignoraba cómo debía comportarse, consciente de que andaba y se desenvolvía con torpeza, temeroso de que todo su ser reflejara la misma falta de refinamiento. Era extremadamente sensible y muy tímido, y la mirada divertida que el otro le dirigió, disimuladamente, por encima de la carta pareció clavarse en él como una puñalada. Vio la mirada, pero no lo exteriorizó, pues entre las cosas que había aprendido estaba la disciplina. Y aquella puñalada también hirió su orgullo. Se maldijo por haber ido, y al mismo tiempo tomó la decisión de que, ocurriera lo que ocurriera, seguiría adelante. Las líneas de su rostro se endurecieron, y en sus ojos ardió el deseo de luchar. Miró a uno y otro lado más sereno, fijándose en todo, guardando en su cerebro hasta el último detalle de aquel hermoso interior. Sus ojos estaban bien separados; nada escapaba a su campo visual; y, a medida que su mirada se empapaba de la belleza que le rodeaba, un brillo dulce y cálido sustituyó su expresión desafiante. Era muy sensible a la belleza, y era natural que aquel lugar le impresionara.


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