Martin Eden

Martin Eden

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Durante aquellas semanas vio a Ruth media docena de veces, y todas ellas le sirvieron de inspiración. La joven le ayudaba con la gramática, corregía su pronunciación y empezó a enseñarle aritmética. Pero sus relaciones no se limitaban al estudio de lo más elemental. Martin sabía demasiado de la vida y era demasiado maduro para contentarse con quebrados, raíces cúbicas, análisis morfológicos y sintaxis; y a veces su conversación tomaba otros derroteros: la última poesía que había leído, el último poeta que había estudiado. Y, cuando ella le leía en voz alta sus pasajes favoritos, él creía ascender al séptimo cielo. Jamás había escuchado una voz parecida. Su sonido más tenue era un estímulo para su amor, y Martin vibraba de emoción y se estremecía con cada una de las palabras que ella pronunciaba. Era la calidad, el sosiego y la musicalidad… el producto delicado, rico e indefinible de una cultura y de un alma sensible. Mientras la escuchaba, resonaban aún en sus oídos los gritos salvajes de las mujerzuelas y las arpías, y, con menos intensidad, las voces estridentes de las trabajadoras y las muchachas de su propia clase. Entonces se ponía en marcha su imaginación, y todas aquellas mujeres desfilaban por su cerebro, multiplicando los méritos de Ruth al ser comparadas con ella. Además, su felicidad se incrementaba al saber que ella comprendía lo que leía y se conmovía por la hermosura del escrito. Le leía muchos fragmentos de La princesa[3], y era tan sensible a la belleza que a menudo veía sus ojos anegados en lágrimas. En esos instantes, los sentimientos de Ruth le convertían en un dios y, mientras la miraba y escuchaba sus palabras, creía contemplar el rostro de la vida y descifrar sus más profundos secretos. Y entonces, advirtiendo el grado exquisito de sensibilidad que había alcanzado, decidía que aquello era amor y que el amor era lo más grande del mundo. Y veía cruzar por los pasadizos de la memoria los arrebatos y emociones que había conocido hasta entonces: la embriaguez del vino, las caricias de las mujeres, el placer brutal de la peleas físicas… y todo le parecía mezquino y trivial comparado con la pasión sublime que sentía ahora.


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