Martin Eden
Martin Eden La situación era muy confusa para Ruth. No había tenido ninguna experiencia amorosa. Cuanto conocía al respecto lo había aprendido en los libros, donde la fantasía transformaba los hechos cotidianos en un reino ilusorio; y no podía adivinar que aquel rudo marinero estaba adentrándose con mucho sigilo en su corazón y guardando allí, reprimidas, unas fuerzas que algún día estallarían, encendiendo un fuego abrasador en su interior. No sabía lo que era la verdadera pasión. Su conocimiento del amor era meramente teórico, y lo imaginaba como el tenue resplandor de una llama, suave como la caída del rocío o las ondas de un estanque, y fresco como la oscuridad aterciopelada de las noches de verano. Concebía el amor como un cariño lleno de sosiego: servir dulcemente al amado en un ambiente de calma etérea, casi en tinieblas e impregnado de la fragancia de las flores. No adivinaba las convulsiones volcánicas del amor, sus llamas devastadoras y sus estériles cenizas. Desconocía su propia fuerza y la del mundo; y las profundidades de la vida eran para ella océanos de ilusión. El afecto conyugal que se profesaban sus padres constituía para ella el ideal de la afinidad amorosa, y esperaba alcanzar algún día, sin sobresaltos ni fricciones, esa misma existencia dulce y apacible con su ser amado.