Martin Eden
Martin Eden Por ese motivo, consideraba a Martin Eden una novedad, un individuo extraño, y asociaba con esa novedad y esa extrañeza el efecto que causaba en ella. Era lógico. Había sentido algo muy parecido al mirar los animales salvajes en el jardín zoológico, al presenciar un temporal o al contemplar estremecida el fulgor de los relámpagos. Había algo cósmico en esas cosas, y había algo cósmico en Martin Eden. Se había presentado ante ella respirando el aire de los grandes espacios. El ardor del sol tropical se hallaba en su rostro, y en sus poderosos músculos, el vigor primigenio de la vida. Tenía marcas y cicatrices de aquel misterioso mundo de hombres brutales y acciones aún más violentas que ella ni siquiera podía imaginar. Era un salvaje, estaba sin domesticar, y el hecho de que se mostrara tan dulce con ella halagaba secretamente su vanidad. La joven cedía, asimismo, al impulso natural de domeñar lo salvaje. Era un deseo inconsciente, e ignoraba que en el fondo de su alma anhelaba remodelar su arcilla a imagen y semejanza de su padre, un dechado de perfecciones para ella. Y le faltaba experiencia para saber que el sentimiento cósmico que Martin le inspiraba era el más intenso que se puede albergar: el amor que atrae a hombres y mujeres con idéntica fuerza en todo el mundo, que obliga a los ciervos en celo a matarse entre sí y que, irremediablemente, empuja a unirse a los elementos.