Martin Eden

Martin Eden

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Los rápidos progresos de Martin eran una fuente de sorpresa e interés. Ruth descubría en él refinamientos insospechados que parecían brotar, día a día, como las flores en un suelo fértil. Le leía a Browning en voz alta, y con frecuencia le asombraban las extrañas interpretaciones que él daba a los pasajes más oscuros. No podía saber que, con su vasta experiencia de los hombres, las mujeres y la vida, sus interpretaciones eran muchas veces más certeras que las de ella. Le parecían ingenuas sus observaciones, aunque a menudo se sentía fascinada por el vuelo audaz de su inteligencia, cuya larga órbita entre las estrellas era incapaz de seguir; y sólo podía esperar y vibrar de emoción ante el impacto de un poder asombroso. Entonces tocaba el piano para él, sin la agresividad de antes, y le tanteaba con aquellas notas que penetraban hasta unas profundidades para ella insondables. La naturaleza de Martin se abría a la música como una flor al sol, y pasó sin la menor dificultad del ragtime y las cancioncillas populares a las piezas clásicas que ella interpretaba casi de memoria. Sin embargo, le traicionaba una democrática afición a Wagner y, después de escuchar las explicaciones que ella le daba, ninguna composición le gustaba tanto como la obertura de Tannhäuser. De un modo muy directo, representaba su vida. Su pasado era el leitmotiv del Venusberg, mientras que el de ella se identificaba, en cierta manera, con el del coro de los peregrinos[4]; y en ese estado de exaltación se elevaba hasta el vasto reino de las sombras, donde el bien y el mal libran su eterna lucha.


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