Martin Eden

Martin Eden

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Algunas veces hacía preguntas que a ella le suscitaban dudas sobre la exactitud de sus definiciones y de su concepción de la música. Pero jamás ponía peros a su forma de cantar. Era un reflejo de su alma, y Martin siempre escuchaba embelesado la melodía divina de aquella voz de soprano. Y no podía evitar compararla con los débiles trinos y los estridentes gorgoritos de las muchachas desnutridas e ignorantes de las fábricas, y con los gritos estentóreos de las gargantas quemadas por el alcohol de las mujeres de los puertos. A Ruth le complacía cantar y tocar para él. Lo cierto es que era la primera vez que podía jugar con un alma humana, y disfrutaba moldeando su arcilla; pues creía que la estaba moldeando, y sus intenciones eran buenas. Además, le gustaba estar con él. No le desagradaba. Su rechazo inicial lo había inspirado el miedo a unos sentimientos que desconocía, pero aquel miedo se había adormecido. Aunque no fuera consciente de ello, sentía que él era en cierto modo de su propiedad. Y producía en ella un efecto tonificante. Estudiaba de firme en la universidad y, cuando abandonaba los libros polvorientos, se sentía fortalecida por la brisa marina que la personalidad de Martin emanaba. ¡Fortaleza! Fortaleza era lo que ella necesitaba, y él se la proporcionaba en abundancia. Entrar en la misma habitación o recibirle en la puerta era sentir el pulso de la vida. Y, cuando se marchaba, ella volvía a sus libros con mayor entusiasmo y renovadas energías.


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