Martin Eden
Martin Eden Después de estudiar a fondo la gramática, siguió con el diccionario, y añadía a su vocabulario veinte palabras al día. Comprendía que no era una tarea fácil y, cuando estaba en el timón o en el puesto de vigía, repasaba sin cesar su larga lista de definiciones, y volvía a revisarlas con el pensamiento antes de conciliar el sueño. Repetía en voz baja las nuevas normas gramaticales y los giros recién aprendidos, a fin de que su lengua se acostumbrara a hablar como Ruth. Le sorprendió ver que empezaba a hablar con más corrección y pulcritud que los propios oficiales y que los caballeros con afán de aventuras que ocupaban el camarote y habían financiado la expedición.
El capitán era un noruego de ojos inexpresivos en cuyas manos habían caído las obras completas de Shakespeare, que jamás leía; y Martin, a cambio de lavar su ropa, tuvo acceso a los preciados volúmenes. Durante algún tiempo, se enfrascó de tal manera en las obras de teatro y en los numerosos pasajes que se grababan casi sin esfuerzo en su cerebro, que el mundo entero pareció transformarse en una tragedia o comedia isabelinas, y sus pensamientos en versos libres. Todo aquello educó su oído y le enseñó a apreciar el buen inglés; y también introdujo en su cabeza muchas palabras arcaicas y obsoletas.