Martin Eden
Martin Eden Cuando la idea germinó en su cabeza, se adueñó de él, y el viaje de regreso a San Francisco pareció un sueño. Le embriagaba un vigor inesperado y se sentía capaz de cualquier cosa. En medio del inmenso y solitario océano, ganó en perspectiva. Con toda claridad, y por primera vez, vio a Ruth y su mundo. Y aparecieron ante él como algo concreto que podía coger con las dos manos, volver del revés y examinar con profundidad. Había muchas cosas oscuras y nebulosas en ese mundo, pero lo veía en su conjunto, no con detalle, y veía también el modo de conquistarlo. ¡Escribir! La idea parecía abrasarle. Empezaría nada más llegar. Lo primero que haría sería describir su travesía con los buscadores de tesoros. Lo vendería a algún periódico de San Francisco. No le diría nada a Ruth, que se sorprendería y alegraría cuando viera su nombre en letra impresa. Y, mientras escribía, podría seguir estudiando. El día tenía veinticuatro horas. Se sentía invencible. Sabía trabajar de firme, y derribaría todas las murallas. No tendría que volver al mar… de marinero; y por unos instantes tuvo la visión de un yate de vapor. Había otros escritores que tenían yates de vapor. El éxito, por supuesto, tardaría en llegar, se advertía a sí mismo, y durante algún tiempo se contentaría con ganar suficiente dinero para poder seguir estudiando. Y luego, cuando estuviera bien preparado, escribiría grandes cosas y todos hablarían de él. Pero mejor que eso, infinitamente mejor… lo mejor de todo era que demostraría ser digno de Ruth. La fama estaba muy bien, pero aquel maravilloso sueño era para ofrecérselo a Ruth. Él no perseguía la fama, sólo era uno de los locos amantes de Dios.