Martin Eden
Martin Eden Cuando llegó a Oakland, con una buena paga en el bolsillo, se instaló en su viejo cuarto en casa de Bernard Higginbotham y se puso a trabajar. Ni siquiera comunicó a Ruth su regreso. Iría a verla cuando acabase el artículo de los buscadores de tesoros. No le resultó muy difícil abstenerse de visitarla debido a la fiebre creadora que ardía en su interior. Además, la historia que estaba escribiendo la acercaría a él. No sabía qué longitud debía tener, pero contó las palabras de un artículo a doble página publicado en el suplemento dominical del San Francisco Examiner, y eso le sirvió de guía. Después de tres días, emocionalmente muy intensos, terminó su narración; pero cuando la hubo copiado con esmero, con una letra grande que resultara fácil de leer, descubrió en un libro de la biblioteca que existían cosas como los párrafos y las comillas. Jamás había pensado en ellas; y se apresuró a reescribir el artículo, consultando sin cesar las páginas de retórica y aprendiendo en un día más sobre redacción que un alumno del montón en un año. Cuando hubo copiado el artículo por segunda vez, y lo tuvo cuidadosamente enrollado, leyó unos consejos para principiantes en un periódico, y se enteró de que los manuscritos nunca deben enrollarse y han de ser escritos únicamente por una cara. Había violado las dos reglas de oro. Averiguó, asimismo, que los periódicos más importantes pagaban un mínimo de diez dólares por columna. Así que, mientras copiaba por tercera vez el manuscrito, se consolaba multiplicando diez columnas por diez dólares. El resultado era siempre el mismo: cien dólares; y decidió que era mucho mejor que ser marinero. Si no hubiera cometido tantos errores, ¡habría acabado el artículo en tres días! ¡Cien dólares en tres días! Habría tardado tres meses o más en ganar esa cantidad embarcado. Era una locura salir al mar cuando podía escribir, concluyó, aunque el dinero en sí no le importara. Su valor radicaba en la libertad que le proporcionaría, en los trajes presentables que le permitiría comprar… y todo eso le acercaría, le acercaría velozmente a la muchacha pálida y esbelta que había cambiado su existencia y que le había servido de inspiración.