Martin Eden
Martin Eden Estaba deseando leer sus historias a Ruth, pero no se atrevía. Esperaría a que publicaran alguna, decidió, y entonces ella comprendería su lucha. Mientras tanto, continuó trabajando de firme. Su espíritu aventurero jamás se había sentido tan enardecido como en aquella asombrosa expedición por el reino del intelecto. Además de aprender álgebra, compró unos libros de física y de química, y pasaba horas resolviendo problemas y estudiando las demostraciones de los teoremas. Confiaba ciegamente en los ensayos de laboratorio y su poderosa imaginación le permitía entender las reacciones de los compuestos químicos mucho mejor que un estudiante medio. Martin recorría sus áridas páginas, abrumado por cuanto descubría sobre la naturaleza de las cosas. Había aceptado el mundo como era, pero ahora empezaba a comprender su organización, y el papel y la interacción de la fuerza y la materia. En su cerebro se alzaban espontáneamente las explicaciones de los viejos fenómenos. Le fascinaban poleas y palancas, y traían a su memoria los cabrestantes y polipastos de los barcos. Comprendió la teoría de la navegación, que permitía a las embarcaciones avanzar sin desviarse de su rumbo por un océano sin senderos. Se adentró en los misterios de las tormentas, la lluvia y las mareas, y el motivo de la existencia de los alisios le hizo preguntarse si no había escrito demasiado pronto su artículo sobre los vientos del nordeste. En cualquier caso, sabía que ahora podría mejorarlo. Una tarde fue con Arthur a la Universidad de California y, con un temor reverencial, conteniendo el aliento, entró en los laboratorios, vio algunos experimentos, y asistió a varias clases del profesor de física.