Martin Eden

Martin Eden

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Entonces comprendió lo que eso significaba, y su corazón empezó a palpitar y a desafiarle a que se comportara como un enamorado con aquella joven que no era un espíritu de otro mundo sino una mujer de carne y hueso cuyos labios las cerezas podían manchar. Se estremeció ante la audacia de aquellos pensamientos, pero su alma cantaba, y la razón, con acordes triunfales, le decía que no se equivocaba. Ella debió de percibir algún cambio, pues interrumpió la lectura, le miró y sonrió. Martin dejó de contemplar sus ojos azules para clavar la vista en sus labios, y la visión de aquella mancha le trastornó. Sus brazos estuvieron a punto de abrazarla, como habían hecho siempre con otras mujeres. Ella pareció inclinarse, como si esperara algo, y él necesitó de toda su voluntad para refrenarse.

—Estaba usted pensando en otra cosa —dijo Ruth con un gracioso mohín.

Y entonces se rió de él, disfrutando de su confusión; y, cuando Martin la miró a los ojos y comprendió, por su expresión sincera, que no había adivinado nada de lo que pensaba, se sintió avergonzado. Su imaginación había ido demasiado lejos. Todas las mujeres que conocía lo habrían entendido… excepto ella. Ella no. Allí estaba la diferencia. Ella era diferente. Le horrorizó su propia grosería, le intimidó la candorosa inocencia de la joven, y volvió a verla al otro lado del abismo. Éste se había abierto de nuevo.


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