Martin Eden

Martin Eden

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Y entonces un día, sin previo aviso, el abismo entre ellos desapareció unos instantes; y, a partir de entonces, aunque siguió existiendo, resultó menos insalvable. Habían estado comiendo cerezas… unas cerezas grandes, brillantes y oscuras, con un jugo del color del vino tinto. Y más tarde, mientras ella leía en voz alta unos fragmentos de La princesa, quiso el azar que Martin advirtiera una mancha de cereza en sus labios. Por unos instantes su divinidad se hizo pedazos. Ella era arcilla, después de todo, simple arcilla… sujeta a la ley común como la arcilla de él o de cualquier ser humano. Sus labios también eran de carne, y las cerezas los teñían de igual modo que teñían los del joven. Y lo mismo que ocurría en sus labios, ocurría en todo su cuerpo. Era una mujer, toda una mujer… una mujer como las demás. Aquella idea le vino al pensamiento de repente. Fue una revelación que lo dejó anonadado. Como si hubiera visto caer el sol del firmamento, o la pureza más sublime mancillada.







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