Martin Eden
Martin Eden —Una cita a escondidas, ¿no? —exclamó despectivamente su cuñado—. Ya sabes lo que eso significa. Acabarás en el juzgado de guardia.
Pero Martin no podÃa bajar de las alturas. Ni siquiera la dureza del comentario consiguió devolverlo a la tierra. Se hallaba por encima de la ira y del sufrimiento. HabÃa tenido una visión deslumbrante y era como un dios, y sólo podÃa sentir una compasión inmensa por aquel ser tan despreciable. No le miró y, aunque sus ojos pasaron por encima de él, no lo vio; y, como en un sueño, salió de la habitación para vestirse. Hasta que llegó a su dormitorio y se puso la corbata, no fue consciente del desagradable sonido que retumbaba en sus oÃdos. Al analizarlo, lo identificó como el último resoplido de Bernard Higginbotham, que, por alguna razón, no habÃa penetrado antes en su cerebro.
Cuando la puerta de la casa de Ruth se cerró a sus espaldas y Martin bajó los escalones con ella, sintió un gran desasosiego. HabÃa algo que empañaba la alegrÃa de acompañarla a la conferencia. No sabÃa qué debÃa hacer. HabÃa visto en la calle, entre las personas de su clase, que las mujeres cogÃan del brazo a los hombres. Pero también se habÃa fijado en que no siempre lo hacÃan; y se preguntaba si únicamente iban del brazo por las noches, o si estaban casados o eran familiares.