Martin Eden

Martin Eden

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Cuando cruzaban Broadway, tuvo que enfrentarse a un nuevo dilema. A la luz de las farolas eléctricas, vio a Lizzie Connolly y a su amiga, la de la risita tonta. Dudó unos segundos, y luego alzó la mano y se quitó el sombrero. No podía traicionar a los suyos, y ese ademán fue mucho más que un saludo a Lizzie Connolly. Ella inclinó la cabeza y le miró con descaro; pero sus ojos no eran dulces y afables como los de Ruth sino bellos y duros, y, después de posarse fugazmente en él, escudriñaron el rostro, la vestimenta y la posición social de su acompañante. Y Martin advirtió que Ruth también la miraba, con la timidez y el candor de una paloma, pero comprendiendo al instante que era una muchacha trabajadora por el vestido barato y el curioso sombrero que, en aquel entonces, todas llevaban.

—¡Qué chica tan guapa! —exclamó Ruth poco después.

Martin la habría bendecido, pero dijo:

—No sé. Supongo que es cosa de gustos, pero no me parece especialmente guapa.

—Bueno, si buscara entre diez mil mujeres, no encontraría unas facciones tan bonitas como las suyas. Son perfectas. Su rostro parece tallado con la delicadeza de un camafeo. Y sus ojos son preciosos.


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