Martin Eden
Martin Eden «¿Quién eres tú, Martin Eden? —se preguntó aquella noche ante el espejo cuando volvió a su habitación. Se observó con detenimiento y curiosidad—. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Cuál es tu mundo? El mundo de las muchachas como Lizzie Connolly. Perteneces a la legión de los trabajadores, a todo lo que es bajo, vulgar y feo. Tu mundo es el de las bestias de carga y los esclavos, el de la suciedad y los malos olores. Ahí están las verduras en mal estado. Esas patatas están podridas. ¡Huélelas, maldita sea, huélelas! Y, sin embargo, te atreves a abrir los libros, a escuchar música hermosa, a aprender a amar los buenos cuadros, a hablar con corrección, a tener pensamientos que no son los de tu clase, a alejarte de las bestias de carga y de las Lizzies Connolly, y a amar a un pálido espíritu de mujer que vive en las estrellas, a una distancia inconmensurable… ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¡Maldita sea! ¿Conseguirás abrirte camino?».
Blandió el puño ante el espejo, y se sentó en el borde de la cama para seguir soñando un rato despierto. Luego sacó su cuaderno y el libro de álgebra, y se enfrascó en las ecuaciones de segundo grado mientras las horas se deslizaban, las estrellas palidecían y el gris del amanecer inundaba su ventana.