Martin Eden
Martin Eden Ella asintió con la cabeza y sonrió, y, por alguna razón, él se dio cuenta de que su sonrisa era indulgente, dolorosamente indulgente. ¡Qué necio era al intentar presumir de ese modo! El tal Longfellow debÃa de haber escrito un montón de libros de poesÃa.
—Perdone que la haya interrumpido, señorita; la verdad es que no sé mucho de estas cosas. No son de mi ambiente. Pero es algo que me propongo cambiar.
Sus palabras sonaron amenazantes. La voz de Martin era firme, sus ojos centelleaban y sus facciones se habÃan endurecido. Y ella tuvo la impresión de que el ángulo de su mandÃbula habÃa cambiado; la barbilla se habÃa vuelto desagradablemente agresiva. Al mismo tiempo, una intensa virilidad pareció desprenderse de él y golpearla.
—Creo que lo conseguirá —exclamó ella, riéndose—. Es usted muy fuerte.