Martin Eden
Martin Eden —Tiene razón, no soy un tipo enfermizo —dijo él—. Mi estómago es capaz de digerir hasta las piedras. Pero en estos momentos sufro dispepsia. No puedo digerir casi nada de lo que ha dicho usted. Nunca me han explicado esa clase de cosas, ¿sabe? Me gustan los libros y la poesÃa, y leo siempre que tengo un rato libre, pero jamás habÃa pensado en ellos como lo hace usted. Por eso no puedo hablar de mis lecturas. Soy como un navegante a la deriva, sin cartas ni compás en un mar desconocido. Pero me gustarÃa encontrar el rumbo. Tal vez usted pueda ayudarme. ¿Dónde ha aprendido tanto?
—En la escuela, supongo, y estudiando —respondió ella.
—Yo fui a la escuela cuando era niño.
—SÃ; pero yo me refiero a la escuela secundaria, a las conferencias, a la universidad.
—¿Ha ido a la universidad? —preguntó Martin, incapaz de disimular su sorpresa; y sintió que Ruth se habÃa alejado de él al menos un millón de millas.
—Estoy matriculada en ella. Sigo unos cursos especiales de inglés.
No sabÃa lo que significaba ese «inglés», pero tomó buena nota de ello y siguió hablando.
—¿Cuánto tiempo tendrÃa que estudiar para poder ir a la universidad?
Al ver sus deseos de conocimiento, ella le respondió con una sonrisa alentadora: