Martin Eden
Martin Eden —¡Qué remedio! Empecé en el Contra Costa de Oakland cuando tenÃa once años, sacudiendo la ropa antes de escurrirla. Han pasado dieciocho años, y jamás he hecho otra cosa. Pero éste es el trabajo más duro que he tenido. Se necesitarÃa un hombre más como mÃnimo. Tendremos que quedarnos mañana por la noche. Los miércoles siempre pasamos cuellos y puños por la calandria.
Martin puso el despertador, se acercó a la mesa y abrió el Fiske. Ni siquiera acabó el primer párrafo. Las lÃneas se volvÃan borrosas y bailaban, y él daba cabezadas. Anduvo de un lado a otro por la habitación, golpeándose en la frente, pero fue incapaz de dominar el sopor. Se colocó el libro delante, se sujetó los párpados con los dedos, y se quedó dormido con los ojos abiertos. Entonces se rindió y, sin ser apenas consciente de lo que hacÃa, se quitó la ropa y se metió en la cama. Durmió siete horas profundamente, como un animal, y, cuando sonó el despertador, tuvo la sensación de no haber descansado lo suficiente.
—¿Estás leyendo mucho? —preguntó Joe.
Martin dijo que no con la cabeza.
—No te preocupes. Esta noche tenemos que manejar la calandria, pero el jueves acabaremos a las seis. Tendrás oportunidad de leer.