Martin Eden
Martin Eden Aquel dÃa Martin lavó a mano las prendas de lana, en una tina gigantesca, con un jabón semilÃquido muy fuerte, y con ayuda de un artilugio construido con el cubo de una rueda montado sobre una barra y colgado de un poste flexible.
—Lo he inventado yo —exclamó Joe con orgullo—. Es mejor que la tabla de lavar y nuestros nudillos y, además, nos ahorra al menos quince minutos a la semana, un tiempo nada despreciable en este negocio.
Pasar los cuellos y los puños por la calandria era otra de las ideas de Joe. Aquella noche, mientras trabajaban bajo la luz eléctrica, se lo explicó.
—Es algo que sólo hace esta lavanderÃa. Y no me queda otro remedio si pretendo terminar el sábado a las tres de la tarde. Pero sé cómo hacerlo, ésa es la diferencia. Se necesita una buena temperatura y una buena presión, y pasarlos por la máquina tres veces. ¡Mira esto! —levantó el puño de una camisa—. No quedarÃa mejor a mano ni con una plancha de vapor.
El jueves Joe estaba furioso. HabÃa llegado un paquete extra de «prendas delicadas» para almidonar.