Martin Eden
Martin Eden —Dejo mi trabajo —anunció—. No pienso aguantar esto. Me largo sin avisar. ¿Qué sentido tiene trabajar toda la semana como un esclavo ahorrando minutos si luego me traen toda esta ropa para almidonar? Estamos en un paÃs libre y voy a decirle a ese gordo holandés lo que pienso de él. Y no se lo diré en francés. El inglés norteamericano me basta y sobra. ¡Mandarme todas estas «prendas delicadas» extra!
»Tenemos que quedarnos —dijo al cabo de unos instantes, cambiando de opinión y aceptando su destino.
Y Martin tampoco leyó aquella noche. No habÃa visto un periódico en toda la semana y, por extraño que parezca, no lo echaba de menos. No le interesaban las noticias. Estaba demasiado agotado para interesarse por algo, aunque habÃa pensado ir a Oakland en bicicleta el sábado por la tarde si salÃan a las tres. HabÃa setenta millas, y el domingo tendrÃa que volver a recorrer esa distancia para regresar, lo que le dejarÃa cualquier cosa menos descansado para empezar la segunda semana de trabajo. HabrÃa sido más fácil ir en tren, pero el billete de ida y vuelta costaba dos dólares y medio, y estaba decidido a ahorrar dinero.