Martin Eden

Martin Eden

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Enojado consigo mismo por vanagloriarse de aquello, agarró con tanta fuerza los brazos de la silla que le dolieron las yemas de los dedos. Entonces advirtió que una mujer entraba en la habitación. Vio cómo la joven se ponía en pie e iba al encuentro de la recién llegada. Las dos se besaron y, enlazadas por la cintura, se acercaron a él. Debía de ser su madre, pensó. Era una mujer alta y rubia, delgada, majestuosa y muy bella. Su vestido estaba en consonancia con la casa. Los ojos de Martin se deleitaron con su elegancia. Tanto ella como su atuendo le recordaron a las actrices de teatro. Y entonces pensó que había visto damas muy parecidas entrando en los teatros de Londres, mientras los policías le empujaban fuera de la marquesina que le protegía de la lluvia. Luego acudió a su imaginación el Grand Hotel de Yokohama, donde también había contemplado, desde la acera, a unas señoras muy distinguidas. Y cientos de imágenes de la ciudad y del puerto de Yokohama empezaron a desfilar ante sus ojos. Pero apartó el calidoscopio del recuerdo, abrumado por las exigencias del presente. Sabía que debía ponerse en pie para que le presentaran, y se levantó con esfuerzo, enfrentándose a tan terrible prueba con los pantalones abolsados en las rodillas, los brazos colgando y las facciones endurecidas.



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