Martin Eden
Martin Eden Pero Ruth se reía confiada. Estaba segura de sí misma, y faltaban pocos días para que él se embarcara. Y después, cuando volviera, ella se habría marchado al este. Había algo mágico, sin embargo, en la fortaleza y en la salud de Martin. Él también sabía que Ruth proyectaba viajar al este, y sentía la necesidad de darse prisa. Pero no sabía de qué modo cortejar a una muchacha como Ruth. Tampoco le ayudaba tener una dilatada experiencia con jovencitas y mujeres tan diferentes a ella. Éstas conocían el amor, la vida y el coqueteo, mientras que Ruth no sabía nada de esas cosas. Su prodigiosa inocencia le desarmaba, impidiendo que salieran de sus labios palabras apasionadas, y convenciéndole, a pesar de sí mismo, de que era indigno de ella. Y Martin tenía otra desventaja. Nunca se había enamorado. En su pasado lleno de excesos, le habían gustado, incluso fascinado algunas mujeres, pero jamás había sabido lo que era amarlas. Había silbado con maestría e indiferencia, a su manera, y ellas se habían acercado. No eran más que una diversión, una aventura, parte de ese juego que tanto atrae a los hombres. Y ahora, por primera vez, era él quien suplicaba, tierno, tímido e indeciso. No conocía la senda del amor, ni su lenguaje, y le asustaba la candorosa inocencia de su amada.