Martin Eden

Martin Eden

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Y eso hizo con Ruth, esperar y observar, deseando mostrarle su amor, pero sin atreverse a hacerlo. Tenía miedo de asustarla, y le faltaba seguridad en sí mismo. Sin saberlo, estaba siguiendo la mejor táctica con ella. El amor apareció en el mundo antes que el lenguaje articulado, y en sus albores había aprendido trucos que jamás había olvidado. Y Martin cortejaba a Ruth de ese modo anticuado y primitivo. Al principio no fue consciente de ello, aunque más tarde lo adivinó. El roce de sus manos valía más que cualquier palabra que él pudiera pronunciar, la fascinación que ejercía su fuerza en la imaginación de Ruth era mayor que los poemas impresos y las pasiones expresadas por mil generaciones de amantes. Cualquier cosa que su lengua pudiera expresar habría apelado, en parte, a su intelecto; pero la presión de su mano, el roce fugaz, llegaban directamente a su instinto. Su intelecto era tan joven como ella, pero sus instintos eran tan antiguos como la raza humana e incluso más. Habían sido jóvenes cuando el amor era joven, y eran más sabios que las convenciones sociales, las opiniones, y todas las cosas nuevas. De modo que el intelecto de Ruth no intervino. Nadie le pidió que actuara, y ella no se percató de la violencia con que Martin despertaba sus instintos amorosos. Que él la amaba, por otra parte, estaba claro como la luz del día, y ella, consciente de sus muestras de amor, disfrutaba contemplándolas: el brillo y la ternura de sus ojos, el temblor de sus manos y el rubor que siempre aparecía bajo su piel tostada. E incluso iba más lejos y le incitaba tímidamente, aunque con tanta delicadeza que él jamás lo sospechaba, y de un modo tan poco deliberado que a duras penas lo sospechaba ella misma. Se emocionaba con aquellas pruebas de poder que proclamaban su condición de mujer, y, al igual que Eva, disfrutaba atormentándole y jugando con él.


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