Martin Eden
Martin Eden Cohibido por la inexperiencia y el ardor, cortejándola torpemente sin darse cuenta, Martin continuó su acercamiento físico. A Ruth, más que agradar le encantaba el roce de su mano. Martin no lo sabía, pero se daba cuenta de que no le disgustaba. Y no es que sus manos se tocaran a menudo, excepto cuando se saludaban o despedían; pero, al llevar las bicicletas, sujetar con correas los libros de poesía y leerlos juntos en las colinas, sus manos en ocasiones se encontraban. Y tampoco era raro que los cabellos de ella acariciaran su mejilla, o que sus hombros se rozaran mientras se inclinaban para admirar la belleza de los libros. Ella sonreía en su fuero interno cuando sentía el insólito impulso de revolverle el pelo; y, cuando se cansaban de leer, él anhelaba apoyar la cabeza en su regazo y soñar con el futuro que les aguardaba con los ojos cerrados. En otro tiempo, había apoyado la cabeza en muchos regazos mientras comía al aire libre en Shell Mound Park y en Schuetzen Park, y, por lo general, había dormido profundamente mientras las jóvenes protegían su rostro del sol y le contemplaban y amaban, asombrándose de su indiferencia al amor. Apoyar la cabeza en el regazo de una muchacha había sido lo más fácil del mundo hasta aquel momento; pero el regazo de Ruth le parecía algo inaccesible e imposible. Y, sin embargo, era precisamente en su reticencia donde se hallaba la fuerza de su galanteo. Gracias a ésta, él nunca la asustaba. Tímida y escrupulosa, Ruth no se percataba de la peligrosa evolución de sus relaciones. Sutil e inconscientemente se acercaba a él, que advertía la creciente proximidad, y suspiraba por ser más osado, pero no se atrevía.