Martin Eden
Martin Eden Y una tarde en que la encontró en el oscuro salón con una terrible jaqueca decidió probar fortuna.
—No hay nada que pueda aliviarme —contestó ella a sus preguntas—. Y, además, no tomo ninguna medicina para el dolor de cabeza. No me deja el doctor Hall.
—Creo que puedo curarla, y sin medicinas —dijo Martin—. No estoy seguro, por supuesto, pero me gustarÃa intentarlo. Es un simple masaje. Lo aprendà de los japoneses. Son una raza de masajistas, ¿sabe? Y luego me lo enseñaron los hawaianos con algunas variantes. Lo llaman lomi-lomi. Puede conseguir casi lo mismo que un medicamento y algunas cosas más.
Nada más tocar su cabeza, a Ruth se le escapó un profundo suspiro.
—¡Qué maravilla! —exclamó.
Se dirigió a él media hora después para decir:
—¿No está cansado?
La pregunta era innecesaria, y ella conocÃa de antemano la respuesta. Después concentró sus pensamientos en el dulce bálsamo de su fuerza. La vida salÃa de las yemas de sus dedos alejando el dolor, o asà se lo parecÃa, hasta que, aliviada, se quedó dormida y Martin se marchó con sigilo.
Ruth le llamó aquella noche para darle las gracias.