Martin Eden

Martin Eden

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Los días siguientes, que transcurrieron veloces, ella se convirtió en una criatura extraña y desconcertante, que anteponía la voluntad al juicio y se burlaba de toda autocrítica, negándose a mirar el futuro o a pensar en sí misma y en el rumbo que tomaba su vida. Presa de una misteriosa agitación, unas veces asustada y otras complacida, estaba siempre confusa y desorientada. Pero tenía una idea muy clara que le infundía seguridad. No permitiría que Martin le declarara su amor. Mientras no lo hiciera, todo iría bien. Él se embarcaría al cabo de unos días. Y, aunque se declarara, tampoco sería tan grave. ¿Cómo iba a serlo si ella no le amaba? Por supuesto, sería media hora dolorosa para él y media hora embarazosa para ella, pues sería su primera proposición matrimonial. Se emocionó al pensarlo. Era una auténtica mujer, con un hombre dispuesto a casarse con ella. Era un aliciente para todo lo que resultaba fundamental en su sexo. Su tejido vital, y el resto de su ser, se estremecían y temblaban. El pensamiento revoloteaba en su imaginación como una polilla atraída por una llama. Incluso llegó a imaginar a Martin declarándole su amor, poniendo ella las palabras en sus labios; y ensayó su negativa, dulcificándola con su amabilidad mientras le exhortaba a ser un hombre noble y sincero. Y, sobre todo, tendría que dejar de fumar cigarrillos. Ella pondría verdadero empeño en eso. Pero no, no debía dejarle hablar. Podría detenerle, y le había dicho a su madre que lo haría. Con las mejillas encendidas, apartó aquella imagen con pesadumbre. Su primera proposición matrimonial tendría que esperar la llegada de un momento más propicio y de un pretendiente más adecuado.


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