Martin Eden
Martin Eden Y, ante la sorpresa de Martin, estalló en una tormenta de lágrimas que necesitó más de un beso y muchas caricias para despejarse. Y, mientras tanto, un verso de Kipling daba vueltas en su cabeza: «Y la mujer del coronel y Judy O’Grady son hermanas bajo la piel[13]». Era cierto, decidió; aunque las novelas que habÃa leÃdo le hubieran hecho creer lo contrario. HabÃa deducido de ellas que, entre la gente elegante, sólo prosperaban las declaraciones formales. Entre las clases humildes, a las que él pertenecÃa, era normal que los jóvenes se conquistaran con besos y caricias; pero jamás habrÃa creÃdo posible que los nobles personajes que habitan en las alturas se enamoraran del mismo modo. Pero las novelas se equivocaban. Allà estaba la prueba. Los abrazos y caricias sin palabras eran igual de eficaces con las muchachas trabajadoras que con las jóvenes de clase alta. Todas eran de carne y hueso, al fin y al cabo, hermanas bajo la piel; y, si se hubiera acordado de su querido Spencer, lo habrÃa sabido antes. Mientras estrechaba a Ruth entre sus brazos y la consolaba, le animó pensar que la mujer del coronel y Judy O’Grady fueran tan parecidas bajo la piel. Eso le acercaba más a Ruth y la hacÃa posible. Era de carne y hueso como los demás, como él. Nada obstaculizaba su matrimonio. La única diferencia era que no pertenecÃan a la misma clase, y eso era algo extrÃnseco. PodÃa eliminarse. HabÃa leÃdo que un esclavo habÃa alcanzado los más altos honores en Roma. Si eso era asÃ, él podrÃa llegar hasta Ruth. Bajo su pureza, su santidad, su cultura y la belleza etérea de su alma era, en las cosas esencialmente humanas, igual que Lizzie Connolly y todas las demás Lizzies Connolly del mundo. Ruth podrÃa hacer lo mismo que ellas: amar, odiar, ponerse histérica; y también podrÃa sentir celos, como ocurrÃa en aquellos instantes mientras sollozaba entre sus brazos.