Martin Eden

Martin Eden

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Y, ante la sorpresa de Martin, estalló en una tormenta de lágrimas que necesitó más de un beso y muchas caricias para despejarse. Y, mientras tanto, un verso de Kipling daba vueltas en su cabeza: «Y la mujer del coronel y Judy O’Grady son hermanas bajo la piel[13]». Era cierto, decidió; aunque las novelas que había leído le hubieran hecho creer lo contrario. Había deducido de ellas que, entre la gente elegante, sólo prosperaban las declaraciones formales. Entre las clases humildes, a las que él pertenecía, era normal que los jóvenes se conquistaran con besos y caricias; pero jamás habría creído posible que los nobles personajes que habitan en las alturas se enamoraran del mismo modo. Pero las novelas se equivocaban. Allí estaba la prueba. Los abrazos y caricias sin palabras eran igual de eficaces con las muchachas trabajadoras que con las jóvenes de clase alta. Todas eran de carne y hueso, al fin y al cabo, hermanas bajo la piel; y, si se hubiera acordado de su querido Spencer, lo habría sabido antes. Mientras estrechaba a Ruth entre sus brazos y la consolaba, le animó pensar que la mujer del coronel y Judy O’Grady fueran tan parecidas bajo la piel. Eso le acercaba más a Ruth y la hacía posible. Era de carne y hueso como los demás, como él. Nada obstaculizaba su matrimonio. La única diferencia era que no pertenecían a la misma clase, y eso era algo extrínseco. Podía eliminarse. Había leído que un esclavo había alcanzado los más altos honores en Roma. Si eso era así, él podría llegar hasta Ruth. Bajo su pureza, su santidad, su cultura y la belleza etérea de su alma era, en las cosas esencialmente humanas, igual que Lizzie Connolly y todas las demás Lizzies Connolly del mundo. Ruth podría hacer lo mismo que ellas: amar, odiar, ponerse histérica; y también podría sentir celos, como ocurría en aquellos instantes mientras sollozaba entre sus brazos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker