Martin Eden
Martin Eden —Además, soy mayor que tú —dijo ella de pronto, abriendo los ojos y levantando la cabeza para mirarle—, tres años mayor.
—Calla, no eres más que una niña y, en experiencia, soy cuarenta años mayor que tú —fue su respuesta.
Lo cierto es que ambos eran niños, al menos en lo que se referÃa al amor, y expresaban éste con la ingenuidad y la inmadurez de dos niños, a pesar de los estudios universitarios de ella y de la filosofÃa cientÃfica y las duras vivencias que poblaban la cabeza de él.
Y, mientras caÃa la tarde, siguieron hablando como les gusta hablar a los enamorados, maravillándose del misterio del amor y del destino que les habÃa unido de un modo tan extraño, creyendo dogmáticamente que se amaban más de lo que nadie se habÃa amado nunca. Y repitieron una y otra vez lo que habÃan sentido al conocerse y trataron de analizar inútilmente la naturaleza e intensidad de su amor.
Las masas de nubes en el horizonte recibieron al sol poniente, y la esfera celeste se tiñó de rosa mientras su cenit resplandecÃa con ese mismo color. La luz rosácea los envolvió mientras Ruth entonaba el Good by, Sweet Day. Cantaba dulcemente, apoyada en la curva de su brazo, mientras sus manos seguÃan entrelazadas y sus corazones latÃan al unÃsono.