Martin Eden
Martin Eden El hecho de darse cuenta de todo eso no afectaba al amor que sentía por ella, o que ella sentía por él. El amor era un sentimiento demasiado noble y hermoso, y él era un amante demasiado fiel para mancillarlo con la crítica. ¿Qué tenía que ver el amor con las opiniones divergentes de Ruth sobre el arte, la buena conducta, la Revolución francesa o el sufragio igualitario? Eran procesos mentales, pero el amor estaba por encima de la razón; trascendía lo racional. Martin no podía menospreciar el amor. Lo veneraba. El amor se hallaba en la cima de las montañas dominando el valle de la razón. Era un estado sublime de la existencia, la cumbre de la vida, y rara vez se presentaba. Gracias a la escuela de filósofos científicos a los que tanto admiraba, conocía el significado biológico del amor; pero, mediante un refinado proceso del mismo razonamiento científico, llegó a la conclusión de que el organismo humano alcanzaba en el amor sus propósitos más elevados, y de que éste no debía ponerse en duda sino aceptarse como el galardón más preciado de la existencia. Así, el enamorado le parecía el más afortunado de los seres, y le encantaba pensar en «el loco amante de Dios» elevándose por encima de las cosas terrenales, por encima de la riqueza y de la razón, de la opinión pública y del aplauso, elevándose por encima de la propia vida y «muriendo por un beso».