Martin Eden
Martin Eden Un pequeño armario guardaba su ropa y los libros que había acumulado y no cabían encima o debajo de la mesa. Además del hábito de la lectura, había adquirido la costumbre de tomar notas, y tenía tantas que no habría podido vivir en un espacio tan reducido si no las hubiera colgado de varias cuerdas que iban de un lado a otro de la habitación. Incluso así, navegar por el cuarto no era empresa fácil. No podía abrir la puerta del pasillo sin cerrar antes la del pequeño armario, y viceversa. Era imposible cruzar la habitación en línea recta. Para ir de la puerta a la cabecera de la cama había un trayecto en zigzag que era incapaz de seguir en la oscuridad sin chocar con algo. Después de solventar el problema de las puertas, tenía que girar bruscamente a la derecha para no tropezarse con la cocina. Entonces torcía a la izquierda para evitar el pie de la cama, pero, si se pasaba, se daba con la esquina de la mesa. Con un movimiento brusco y un bandazo, terminaba el giro y seguía a la derecha por una especie de canal, cuyas dos orillas eran la cama y la mesa. Si la única silla estaba en su sitio habitual, delante de la mesa, el canal era innavegable. Cuando no utilizaba la silla, ésta descansaba sobre la cama, aunque a veces se sentaba en ella para cocinar, y leía un libro mientras hervía el agua, e incluso se las arreglaba para escribir un párrafo o dos mientras freía un filete. Además, la esquina que constituía la cocina era tan diminuta que, sin levantarse de la silla, podía coger cualquier cosa que necesitara. De hecho, era aconsejable cocinar sentado; cuando se levantaba, tropezaba consigo mismo con demasiada frecuencia.