Martin Eden

Martin Eden

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No se conformaba con esto. Cuando leía las obras de autores famosos, anotaba cada uno de sus hallazgos y analizaba los recursos gracias a los que estos hallazgos se habían conseguido: las técnicas narrativas, de exposición, de estilo, los puntos de vista, los contrastes, los epigramas; y elaboraba listas con todos ellos. No imitaba como un mono. Buscaba principios. Escribía largas listas de fórmulas estilísticas eficaces y sugerentes, de distintos autores, hasta que podía deducir el principio general que las relacionaba; y, cuando creía dominarlo, buscaba nuevas y originales fórmulas, y sabía juzgarlas y valorarlas debidamente. También hacía listas de frases con fuerza, frases del lenguaje de la calle, frases que corroían como el ácido y quemaban como el fuego, o que resplandecían y eran suaves y doradas en medio del árido desierto de la lengua cotidiana. Buscaba siempre el principio que se ocultaba por debajo. Quería averiguar cómo estaba hecha una cosa; así, después podría hacerla él. No le bastaba contemplar el hermoso rostro de la belleza. La diseccionaba en el laboratorio de su pequeño y abarrotado cuarto, entre el olor a comida y el alboroto de la familia Silva; y, después de diseccionar y conocer la anatomía de la belleza, estaba más cerca de poder crearla.




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