Martin Eden
Martin Eden Sólo podía trabajar comprendiendo lo que tenía entre manos. Era incapaz de hacerlo ciegamente, en la oscuridad, sin saber qué escribía y confiando el resultado al azar y a la estrella de su genio. No soportaba los efectos impredecibles. Quería saber el cómo y el porqué. El suyo era un talento deliberadamente creativo, y, antes de empezar un relato o un poema, ya estaba vivo en su cerebro, que conocía el final y los medios para llegar a él. De lo contrario, el esfuerzo estaba condenado al fracaso. Por otro lado, apreciaba los efectos inesperados en las palabras y en las frases que acudían a su imaginación, y que más tarde resistían todas las pruebas de belleza y de poder y desarrollaban unas connotaciones tremendas e incalificables. Martin se inclinaba ante ellas, maravillado, sabiendo que superaban la creación deliberada de cualquier hombre. Y, por mucho que diseccionara la belleza en busca de los principios que subyacían en ella y la hacían posible, siempre era consciente de su misterio más insondable, en el que no podía penetrar y en el que jamás había penetrado ningún hombre. Había aprendido con Spencer que el hombre era incapaz de alcanzar el conocimiento pleno de las cosas, y que el misterio de la belleza era tan profundo como el misterio de la vida; e incluso más, que las fibras de la belleza y de la vida estaban entrelazadas, y él mismo no era más que una pequeña parte de ese incomprensible tejido trenzado de sol, polvo de estrellas y prodigios.