Martin Eden
Martin Eden —No podÃa hacer nada. Su jefe era un amable anciano, bastante enfermo, pero que gobernaba como un rey. HabÃa descubierto el pequeño valle y fundado aquella colonia… algo que iba en contra de la ley. Pero tenÃa fusiles, mucha munición, y aquellos canacos estaban acostumbrados a cazar ganado salvaje y jabalÃes y no erraban un tiro. No habÃa escapatoria posible para Martin Eden. Y se quedó… tres meses.
—Pero ¿cómo conseguiste escapar?
—Aún seguirÃa allà si no me hubiera ayudado una joven medio china, con un abuelo blanco y otro hawaiano. La pobre era muy hermosa, además de instruida. Su madre tenÃa un millón de dólares en Honolulu. Y fue ella quien me ayudó a huir. Su madre financiaba la colonia, asà que no tenÃa miedo de que la castigaran. Pero antes me hizo jurar que nunca revelarÃa a nadie el escondite; y jamás lo he hecho. Ésta es la primera vez que he hablado de él. La muchacha tenÃa los primeros sÃntomas de la lepra. Los dedos de su mano derecha estaban un poco torcidos, y tenÃa una pequeña mancha en el brazo. Nada más. Supongo que ahora estará muerta.
—Pero ¿no tenÃas miedo? Y ¿no te alegró salir de allà sin haber contraÃdo esa terrible enfermedad?