Martin Eden
Martin Eden —Bueno —confesó él—, al principio estaba un poco asustado; pero luego me acostumbré. Me daba pena aquella pobre muchacha. Eso me ayudó a olvidar el miedo. Su belleza era tanto fÃsica como espiritual, y apenas se notaba en ella la enfermedad; pero estaba condenada a quedarse allÃ, viviendo como una salvaje mientras se pudrÃa poco a poco. La lepra es mucho más terrible de lo que nadie puede imaginar.
—Pobrecilla —murmuró Ruth dulcemente—. Es asombroso que te dejara marchar.
—¿Por qué? —preguntó Martin, sin darse cuenta.
—Porque debÃa de estar enamorada de ti —dijo Ruth con la misma dulzura—. Con franqueza, ¿no lo estaba?
La piel de Martin habÃa perdido su color tostado después de su trabajo en la lavanderÃa y la vida de encierro que llevaba, y el hambre y la enfermedad habÃan aumentado su palidez; y un ligero rubor tiñó sus mejillas. Abrió la boca para decir algo, pero Ruth le interrumpió.
—Da igual, no me contestes; no es necesario —se rió ella.