Martin Eden

Martin Eden

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Pero él percibió algo metálico en su risa, y cierta frialdad en su expresión. Y recordó una tempestad que había vivido en el Pacífico Norte. Y, durante unos instantes, el temporal arreció ante sus ojos… un temporal nocturno, bajo un cielo sin nubes, en medio de unas olas gigantescas que brillaban con crudeza a la luz de la luna llena. Después vio a la muchacha del escondite de los leprosos y recordó que le ayudó a escapar porque le amaba.

—Era una muchacha admirable —fue lo único que dijo—. Me salvó la vida.

Y el incidente terminó aquí, pero Martin oyó el sollozo ahogado en la garganta de Ruth y reparó en que volvía el rostro hacia la ventana. Cuando le miró de nuevo, se había serenado, y en sus ojos no quedaba ni rastro del temporal.

—Soy una estúpida —afirmó con voz lastimera—. Pero no puedo evitarlo. Te quiero tanto, Martin… Seré más comprensiva con el tiempo, pero ahora no puedo evitar sentirme celosa de esos fantasmas del pasado; y sabes que tu pasado está lleno de fantasmas.

»Y tiene que ser así —prosiguió, acallando sus protestas—. No podría ser de otro modo. Y ahí está el pobre Arthur haciéndome señas para que salga. Está cansado de esperar. Adiós, querido. En las farmacias preparan algo que ayuda a dejar el tabaco —exclamó desde la puerta—, te mandaré un poco.


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