Martin Eden
Martin Eden La puerta se cerró, pero volvió a abrirse.
—Te quiero, te quiero —susurró ella; y esta vez se marchó de verdad.
Maria, con mirada de adoración, y sin que ello le impidiera fijarse en el delicado tejido y en el corte del vestido de Ruth (cuyo efecto resultaba misteriosamente hermoso), la acompañó al carruaje. La multitud de chiquillos, decepcionada, siguió con los ojos el vehículo hasta que desapareció en la lejanía, y después los clavó en Maria, convertida súbitamente en la persona más importante de la calle. Pero fue uno de sus vástagos quien estropeó su reputación, anunciando que los ricos visitantes habían ido a ver a su inquilino. Después de eso, Maria regresó a su antigua oscuridad y Martin empezó a notar el respeto con que le observaban los niños del barrio. En cuanto a Maria, mostró el doble de aprecio por Martin; y, si el tendero portugués hubiera presenciado la llegada vespertina de aquel carruaje, habría concedido a Martin tres dólares y ochenta y cinco centavos más de crédito.