Martin Eden
Martin Eden Aquella pequeña suma parecía una fortuna. En cuanto recuperó su traje, se dirigió a casa de Ruth, haciendo sonar las monedas de plata en su bolsillo. Llevaba tanto tiempo sin dinero que, del mismo modo que un hombre hambriento es incapaz de apartar su mirada de la comida, Martin era incapaz de no tocar sus monedas. No era ruin ni avaricioso, pero el dinero era algo más que dólares y centavos. Representaba el éxito, y en las águilas grabadas en las monedas sólo veía victorias aladas.
Se le ocurrió, de forma inconsciente, que el mundo era bueno. Desde luego, le parecía más hermoso que antes. Durante semanas había sido un lugar triste y sombrío, pero ahora, con casi todas las deudas pagadas, tres dólares haciendo ruido en el bolsillo y la conciencia del éxito, el sol brillaba cálido y resplandeciente, e incluso el chaparrón que empapó a los sorprendidos transeúntes le pareció divertido. Cuando se moría de hambre, sólo podía pensar en los miles de hambrientos que poblaban la Tierra; pero ahora que tenía el estómago lleno, éstos desaparecieron de su cabeza. Se olvidó de ellos y, como estaba enamorado, acudieron a su imaginación los innumerables enamorados del mundo. Sin pensar deliberadamente en ello, empezaron a agitarse en su cerebro toda clase de motivos poéticos amorosos. Empujado por ese impulso creador, se bajó alegremente del tranvía dos manzanas después de su parada.