Martin Eden

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Con los tres dólares que le pagaron por los triolets, llevó una existencia precaria hasta la llegada del cheque de The White Mouse. El desconfiado tendero portugués le cambió el primer cheque, y él le entregó un dólar a cuenta y repartió los dos restantes entre el panadero y el frutero. Todavía no podía permitirse comprar carne, y a duras penas subsistía cuando recibió el cheque de The White Mouse. No sabía cómo cobrarlo. No había pisado un banco en toda su vida, y mucho menos para efectuar una operación, y sentía el deseo infantil de entrar en uno de los más importantes de Oakland y cambiar su cheque conformado por cuarenta dólares. Su sentido común le aconsejaba, sin embargo, cambiárselo al tendero, para causar en él una impresión que le ayudara en el futuro a conseguir más crédito. A regañadientes, optó por lo segundo y liquidó su deuda con el tendero, quien le dio a cambio un montón de monedas tintineantes. También pagó a los demás comerciantes, desempeñó el traje y la bicicleta, adelantó un mes de la máquina de escribir, y entregó a Maria el mes que le debía y otro de anticipo. Esto le dejó en el bolsillo un saldo de casi tres dólares para imprevistos.





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