Martin Eden
Martin Eden —¿Mi primera mala impresión, quieres decir? Está bien, aquà va. Supongo que el profesor Caldwell tiene todas las cualidades que tú crees. Al menos es el mejor ejemplar de intelectual que he conocido; pero es un hombre con un vergonzoso secreto.
»Oh, no, no —se apresuró a exclamar—. No se trata de nada mezquino o vulgar. Lo que quiero decir es que tengo la sensación de que es un hombre que ha llegado al fondo de las cosas, y está tan asustado de lo que ha visto que intenta convencerse de que no ha visto nada. Quizá no sea el mejor modo de expresarlo. Lo diré de otra forma. Un hombre que ha descubierto el camino que conduce al templo secreto y no lo ha seguido; o que, tal vez, ha vislumbrado el templo y se ha esforzado por convencerse de que sólo era un espejismo entre la espesura. Dicho de otro modo. Un hombre que podÃa haber hecho cosas, pero que no ha dado importancia a los actos y, en el fondo de su alma, está siempre lamentando no haberlas hecho; un hombre que se ha reÃdo en su fuero interno de las recompensas que se ofrecen a las acciones, pero que, de un modo aún más secreto, ha anhelado esas recompensas y el placer de actuar.
—Yo no tengo esa visión de él —dijo Ruth—. Y no acabo de entender tu teorÃa.