Martin Eden
Martin Eden Mientras tanto, seguía haciendo nuevos y alarmantes descubrimientos sobre las revistas. Aunque la Transcontinental había publicado «El tañido de las campanas», no le había llegado ningún cheque. Martin lo necesitaba y lo pidió por escrito. Le contestaron con una evasiva, solicitándole más relatos. Había pasado hambre dos días esperando la respuesta, y fue entonces cuando volvió a empeñar su bicicleta. Escribió a la Transcontinental con regularidad, dos veces por semana, para no perder sus cinco dólares, pero sólo consiguió alguna réplica ocasional. No sabía que esa publicación llevaba años al borde de la quiebra, era de cuarta o décima categoría, carecía de prestigio, tenía una tirada ridícula que dependía de la intimidación y de las exhortaciones patrioteras, y sus anuncios eran poco más que donaciones benéficas. Ignoraba, asimismo, que la Transcontinental era el único medio de vida de su director y de su gerente, que sólo conseguían salir adelante cambiando de domicilio para no pagar el alquiler y escatimando todos los gastos posibles. Tampoco imaginaba que los cinco dólares que le debían se los había apropiado el gerente para pintar su casa en Alameda, algo que hacía personalmente por las tardes, pues no podía permitirse el lujo de pagar los salarios de los sindicatos, y porque al primer trabajador que había contratado bajo cuerda le habían empujado la escalera y estaba en el hospital con la clavícula rota.