Martin Eden
Martin Eden Antes de llegar a ser un virtuoso en el arte de los cuentos cortos, habÃa ideado media docena de modelos que siempre consultaba mientras escribÃa. Eran como las ingeniosas tablas empleadas por los matemáticos, que tienen un montón de lÃneas y columnas y pueden leerse en cualquier dirección, y de las que, sin razonar ni pensar, se pueden extraer miles de conclusiones diferentes, todas absolutamente precisas y ciertas. AsÃ, en media hora, Martin podÃa esbozar hasta una docena de cuentecillos, que dejaba a un lado y completaba cuando tenÃa tiempo. Descubrió que, tras una dura jornada, le bastaba una hora para escribirlos, justo antes de acostarse. Como más tarde confesó a Ruth, podÃa hacerlo casi dormido. El verdadero trabajo era organizar el esquema, y aquello era meramente mecánico.
No dudaba de la eficacia de su fórmula, y por una vez adivinó el pensamiento de los directores de revistas cuando se dijo a sà mismo que los dos primeros cuentos cortos enviados le proporcionarÃan sendos cheques. Y asà fue, dos cheques de cuatro dólares al cabo de doce dÃas.