Martin Eden

Martin Eden

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La tercera parte siempre era idéntica, pero la primera y la segunda admitían infinitas variaciones. La pareja podía, así, separarse por culpa de un malentendido, de un accidente del destino, de un celoso rival, de unos padres airados, de un malvado tutor, de unos parientes intrigantes, etcétera; y se reunía de nuevo gracias a una hazaña del enamorado, a una acción similar de la enamorada, a un cambio en los sentimientos de uno u otro, a la confesión forzosa o voluntaria del malvado tutor, del pariente intrigante o del celoso rival, al descubrimiento de algún secreto insospechado, al violento asalto del enamorado al corazón de la joven, a un largo y noble sacrificio, y a una lista interminable de etcéteras. Quedaba muy bien que la muchacha confesara su amor cuando se reencontraban, y Martin fue descubriendo poco a poco toda clase de graciosas y efectivas estratagemas. Pero las campanas de boda al final de la historia era lo único que no podía cambiar; aunque los cielos se enrollaran como un pergamino y las estrellas se cayeran del firmamento, las campanas de boda tenían que sonar. En cuanto a la longitud, la fórmula recomendaba entre doscientas y mil quinientas palabras.





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